Todas las perras van al cielo propone una reivindicación simbólica y visual de la libertad femenina a través de una instalación donde pintura, espacio y objeto construyen una experiencia única.
En el centro de la propuesta se encuentra la pintura monumental de tres por cinco metros, una escena poblada por una jauría de dálmatas entregadas al juego, al deseo y al contacto. Tradicionalmente asociadas a la obediencia doméstica, aquí las perras aparecen liberadas de toda función disciplinaria.
Desde uno de los laterales de la pintura emerge una gran columna vertical de globos de helio en tonos rosa, blanco y negro que asciende hasta los ocho metros de altura del espacio expositivo. Suspendidas entre ellos cuelgan prendas de ropa interior femenina. Algunas permanecen flotando; otras han descendido lentamente y se acumulan sobre el suelo.
El título dialoga con la película Todos los perros van al cielo, pero desplaza su imaginario hacia lo femenino. La palabra “perras”, históricamente utilizada para degradar a las mujeres, es reapropiada aquí como emblema de autonomía, deseo y potencia.
Los globos funcionan como símbolos ambiguos: pueden ser recuerdos de cumpleaños, plegarias, promesas, deseos o restos de una ceremonia privada. La ropa interior introduce la presencia del cuerpo ausente.
La obra propone una tensión permanente entre inocencia y deseo, entre infancia y sexualidad, entre celebración y pérdida. Como ocurre en los sueños, los símbolos se mezclan y cambian de significado constantemente.
El espectador no observa la escena desde afuera: la atraviesa. Camina entre los restos de la celebración, bajo una nube suspendida de globos y prendas que continúa expandiéndose hacia el techo.
Todas las perras van al cielo no habla de animales. Habla de aquello que persiste debajo de las normas: el deseo, la libertad y la posibilidad de imaginar otros modos de habitar el cuerpo y el mundo.