Hay imágenes que sobreviven porque contienen una contradicción. El cisne es una de ellas. Asociado durante siglos a la belleza, la gracia y la elevación espiritual, también pertenece al reino de los cuerpos: come, se reproduce, anida, envejece y muere. Pavlova nace de esa tensión y toma su nombre de Anna Pavlova, cuya interpretación de La Mort du cygne, creada por Michel Fokine sobre la música de Le Cygne de Camille Saint-Saëns, convirtió al cisne en una de las figuras más persistentes del imaginario moderno. La obra propone un territorio donde la celebración y el deterioro dejan de ser opuestos para revelarse como partes de un mismo ciclo.
La instalación se articula en torno a un óleo sobre lienzo (200 × 1000 cm), poblado por cisnes blancos y negros reunidos alrededor de nidos construidos con ramas, plumas, huevos, flores, vestidos, ropa interior femenina y restos de tortas Pavlova. El postre que lleva el nombre de la bailarina abandona su condición festiva para convertirse en materia pictórica: crema, azúcar y frutos rojos se integran a un paisaje donde la abundancia convive con la posibilidad de su desaparición. Cada uno de estos elementos conserva su presencia material, pero activa al mismo tiempo una red de asociaciones abiertas sobre el deseo, el cuidado, la maternidad, la intimidad y la vulnerabilidad. Los animales dejan de ser únicamente animales para constituir un bestiario contemporáneo que habla, de forma alegórica, de la experiencia humana.
La curadora Dafne Cejas Castex describió esta cualidad de mi trabajo al señalar «el carácter escenográfico dado por la escala de sus óleos, que se presentan de manera casi inmersiva, casi como una realidad palpable». En Pavlova, esa condición inmersiva se expande hacia la instalación. El gran lienzo rodea al espectador en el interior de una estructura circular cuyo exterior negro funciona como un umbral. En el centro aparece un único nido construido con materiales orgánicos y objetos domésticos. No funciona como una ilustración de la pintura, sino como su prolongación física. Es, al mismo tiempo, refugio y escenario, lugar de cuidado y territorio de disputa. El espectador atraviesa un recorrido donde la contemplación suspende el tiempo cotidiano y transforma la experiencia en un acto de observación íntima, casi ritual.
Apenas audible, Le Cygne, de Camille Saint-Saëns, acompaña el recorrido como un eco lejano e introduce otra temporalidad. La obra no propone una imagen de armonía, sino la experiencia de habitar un territorio donde belleza y violencia, nacimiento y pérdida, placer y fragilidad permanecen inseparables.
Como en los antiguos retablos, el recorrido transforma la contemplación en una forma de peregrinación, aunque aquí no existe una promesa de redención. Lo sagrado emerge de aquello que suele permanecer oculto: los cuerpos, los instintos y los vínculos que sostienen la vida. Allí, donde la belleza deja de ser una apariencia ideal para revelar su condición más vulnerable, Pavlova encuentra su verdadera dimensión