Los osos de peluche pertenecen a esa extraña categoría de objetos que nunca terminan de ser cosas. Acompañan los primeros ejercicios de la imaginación, absorben afectos, sustituyen presencias y alojan ausencias. Winnicott llamó a estos artefactos objetos transicionales: formas materiales que permiten habitar el delicado pasaje entre dependencia y autonomía.
La pintura “Abrazo de oso” muestra a los osos en un abrazo colectivo que los vuelve montaña, refugio y comunidad. Frente a ella, una torre de osos de peluche se alza como imagen de esa dependencia originaria. Desde esa masa, los osos comienzan a desprenderse, suspendidos por globos rojos, para atravesar el espacio e ingresar en la incertidumbre de la separación. Algunos caen, otros siguen flotando, otros son llevados por los visitantes.
Como escribió Jean Berger en Mirar, los animales han sido expulsados de nuestras vidas y regresan transformados en imágenes, juguetes, mascotas o símbolos. El oso de peluche es uno de esos sobrevivientes: una versión domesticada y portátil de lo salvaje que ya no habitamos.
En tiempos donde la dureza y la indiferencia se presentan como norma, la ternura aparece como una fuerza revolucionaria. El Papa Francisco la definió como “el camino de la paz” y muchos feminismos contemporáneos la reivindican como práctica política del cuidado. Esta obra propone justamente eso: que la ternura no se quede reunida en un museo, sino que se disemine.
Cada oso que alguien se lleva es un pequeño acto de revolución: un gesto mínimo que transforma el mundo en que vivimos.
“Ser revolucionario hoy es ser tierno”.
Papa Francisco