Todas las perras van al cielo propone una reivindicación simbólica y visual de la libertad sexual femenina. A través del uso deliberado del término “perras”, resignifico una palabra históricamente usada para degradar a las mujeres, y la devuelvo cargada de potencia, deseo y autonomía. El título dialoga con la película infantil “Todos los perros van al cielo”, pero aquí toma cuerpo en lo femenino, con un guiño a la infancia y a la iconografía de Disney, confrontando así la supuesta pureza infantil con las nociones adultas de culpa, pecado y castigo heredadas de una formación católica y una cultura patriarcal.
La escena —festiva, inquietante, tierna y desbordada— podría ser una pesadilla suave o una revelación sexual: una jauría de perras dálmatas entregadas al deseo sin control, sin culpa, sin espectadores. Algunos globos flotan como si fuesen rezos, hostias, restos de una celebración infantil o una penitencia interrumpida. Todo parece familiar, pero algo está desplazado: el paraíso ya no es el lugar de los buenos, sino de las que se atreven.
La obra interpela las fronteras entre lo puro y lo sucio, lo permitido y lo castigado. En su universo, el cuerpo femenino no se corrige ni se contiene. Se mueve, se exhibe, se entrega al impulso sin pedir perdón. Hay restos de películas infantiles, de liturgia católica, de reguetón sudado. Pero también hay algo más profundo: la intuición de que esas imágenes no vienen solo de mí, sino de un territorio psíquico compartido. Un sueño —o una pesadilla— que muchas hemos tenido.
Trabajo con óleo sobre lienzo, en gran formato, para sostener esta densidad simbólica y sensorial. La pintura figurativa me permite habitar una tensión entre lo arquetípico y lo contemporáneo, lo doméstico y lo salvaje, lo simbólico y lo literal. Esta obra no ilustra una idea: la encarna. Como un sueño que se vuelve materia.
Las asociaciones son libres, y los símbolos se mezclan: infancia, deseo, animalidad, culpa, libertad. Lo religioso convive con lo erótico, lo infantil con lo impuro, lo sagrado con lo corporal. En este mundo, las categorías se desarman. La casa se vuelve manada. La infancia no es pureza sino territorio libre, impune, anterior al juicio.
Las perras no son corregidas ni domesticadas: desean, se muestran, se entregan al impulso sin culpa. Y aún así —o por eso mismo— van al cielo.