Felices por Siempre es un tríptico de gran formato que presenta un paisaje poblado por cigüeñas, nidos y huevos en distintos estados de gestación, ruptura y abandono. Tradicionalmente asociadas al nacimiento y a la llegada de los hijos, las cigüeñas aparecen aquí desplazadas de su función narrativa habitual para convertirse en figuras ambiguas, atravesadas por fuerzas contradictorias: reproducción y pérdida, deseo y mandato, cuidado y violencia.
Las aves vuelan, se aparean, construyen nidos, disputan territorios o parecen abandonar aquello que han creado. Entre ramas, huevos enteros y cáscaras quebradas emergen elementos vinculados a la intimidad femenina, introduciendo una dimensión doméstica y psíquica que desestabiliza la aparente serenidad de la escena.
Los animales no funcionan como ilustraciones de la naturaleza sino como condensaciones simbólicas de estados emocionales, impulsos y conflictos interiores. Las cigüeñas no representan únicamente la maternidad; encarnan también aquello que se espera, aquello que se pierde y aquello que permanece irresuelto.
La disposición espacial del tríptico retoma la estructura del retablo. Los paneles laterales se pliegan hacia el espectador generando un espacio de contemplación íntima. Una única banqueta frente a la obra invita a permanecer, observar y recorrer visualmente un ecosistema cargado de signos.
Realizada durante un período de transformación personal, Felices por Siempre nace de una reflexión sobre los imaginarios asociados al amor, la familia, la fertilidad y el deseo. Su título, tomado de la fórmula clásica de los cuentos infantiles, no funciona como una afirmación sino como una pregunta abierta.