Las manchas y figuras antropomórficas que emergen en los muros de las ciudades, como huellas del tiempo que se desliza sin tregua, han sido parte de mis observaciones estéticas más íntimas.
En esas superficies desgastadas, las humedades se filtran como un lenguaje, dejando entrever símbolos y objetos que oscilan entre lo real y lo imaginado.
Los muros, siempre presentes, dividen, separan.
Construimos paredes para mantenernos al margen, para resguardar lo propio y alejarnos de lo ajeno. Sin embargo, rara vez nos detenemos a mirar lo que esos muros realmente contienen: el eco de lo que fuimos, de lo que tememos, de lo que ignoramos.
Más allá de la función de separar, las paredes revelan paisajes abstractos, geografías ocultas. Son espejos involuntarios de nuestras propias fracturas.
Si miramos con atención, descubrimos que en cada grieta hay una historia, en cada mancha una posibilidad.
Tras esos muros se ocultan realidades que solo se revelan a quien sabe mirar con los ojos de un niño.