La obra forma parte de la serie Venus de los rulos, un conjunto escultórico que reivindica a la mujer común, la vecina anónima, como portadora de una fuerza simbólica y mítica. En estas esculturas, los rulos —símbolo doméstico, ligado a la intimidad y al cuidado — se convierten en corona, en atributo de poder. Así, la Venus de los rulos es una figura que transforma la sencillez y la rutina en alegoría de empoderamiento.
Se titula Dueña de las Fuentes porque la manguera en sus manos remite tanto al origen de Venecia, ciudad nacida del agua y creada por sus habitantes desde el agua, en cuya historia las mujeres jugaron un papel esencial, como a la fuente que nutre, que amamanta, que sostiene. El agua que fluye se convierte aquí en metáfora de la entrega vital, de la dádiva inagotable de quien cuida.
En esta obra, una vecina de Venecia se transfigura en símbolo colectivo: guardiana de las aguas, protectora de lo común, diosa popular surgida del barrio y del barro. En ella, lo humilde se hace eterno y lo cotidiano se eleva como mito.
Su figura es también una manera de consagrar la protección de la comunidad a su poder, un acto de resistencia poética donde la vida diaria se alza en emblema y la idiosincrasia popular se revela como potencia y fuerza colectiva ante los desafíos de la turistificación actual.