Hay un vaivén antiguo
que arrastra cuerpos y voluntades.
Una oscilación invisible
que no siempre vuelve al mismo punto.
Uno de pie, otro de rodillas.
Uno en tierra firme, otro hundido en su historia.
Y en medio, el gesto,
el intento de tocar, de equilibrar,
de no dejar caer.
La desigualdad no grita,
susurra desde los extremos,
desde los bordes del privilegio
y el abismo de la ausencia.
El mar también sabe de eso:
de ir y venir,
de acariciar y devorar.
Pero aquí, en este segundo suspendido,
alguien extiende la mano.
Y aunque el mundo siga girando desparejo,
hay un instante
donde el péndulo se detiene
en el centro de la humanidad.